Paisajes, comida y costumbres de Toluca en el siglo XIX

Nuestra ciudad es un lugar con historia. Si alguna vez te preguntaste cómo eran los paisajes, la comida y las costumbres de Toluca en el siglo XIX.
Paisajes, comida y costumbres de Toluca en el siglo XIX Paisajes, comida y costumbres de Toluca en el siglo XIX Paisajes, comida y costumbres de Toluca en el siglo XIX

Nuestra ciudad es un lugar con historia. Muchos recordamos con nostalgia su pasado. Si alguna vez te preguntaste cómo eran los paisajes, la comida y las costumbres de Toluca en el siglo XIX, aquí te presentamos unas memorias escritas por José Vasconcelos.

José Vasconcelos fue un imprtante ideólogo y político mexicano. Impulsó ampliamente la educación en nuestro país. Fue el primer Secretario de Educación Pública y rector de la Universidad Nacional Autónoma de México.

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Por un tiempo vivió en nuestra ciudad, lo cual quedó registrado en su autobiografía Ulises Criollo. En este artículo, te mostramos algunas de sus impresiones. Habló sobre el clima, las personas y algunos lugares emblemáticos.

Próxima a la capital, reflexionó, está Toluca; su Instituto era famoso.

Un hielo como el clima de la ciudad se nos metió en el alma, desde el primer día, y no obstante las hermosas casas con patio, en cuadro, y balcones decorados con macetas. Una pequeña fue nuestra en la calle principal, cerca de la Alameda.

Desde su balcón mirábamos la calle solitaria con yerba nacida en las junturas del empedrado. Las baldosas de la acera casi no necesitaban los servicios municipales, porque el llover a menudo las dejaba lavadas casi cada tarde.

Vía: Toluca siempre bella

Las mañanas, en cambio, eran siempre diáfanas. Una luz ofuscante llenaba la soledad de las calles y la perspectiva desierta de las montañas próximas revestidas de pinares.

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Un gran número de indios vestidos de azul y blanco, trigueña la piel y un andar de trote bajo la carga sobre los hombros, pasaba temprano rumbo al mercado.

Los criollos salían también para la misa, pero luego se encerraban tras de sus vidrieras, únicamente los domingos a mediodía asomaban por los portales, muy bien vestidos, para dar vueltas al son de la banda militar.

Sobresalían unos cuantos terratenientes que frecuentan la capital y llegan  hasta Europa, pero ni conocen ni saludan al vecino.

Familias de empleados se mezclan con ellos en el paseo, sin que se entable la más elemental relación. La misma distancia, otro abismo, separa a la clase media, «pobre, pero decente», del indio que circula por el arroyo y se arrima a la música, pero lejos de los que usan el traje europeo.

Extraños al mundo aquel de castas bien definidas, nosotros nos manteníamos aparte, nos divertíamos por las iglesias y los paseos y tomábamos por asalto las alacenas de dulces de los portales.

No acababan nuestros hartazgos de naranjas cristalizadas o rellenas, limones azucarados, duraznos, tunas y biznagas en dulce y conservas de membrillo y de manzana, melados de caña, jamoncillos de leche y confites; grageas de azúcar de color, almendras garapiñadas; todo en profusión y baratura que provocaba entusiasmo.

Toluca cultural

Mi pobre mamá, tan frugal en todo, caía en la tentación tratándose de golosinas, de suerte que en el portal dejábanse los pequeños ahorros y creo que a veces aun parte del diario reservado a los alimentos.

Se me había inscrito en el Instituto.  Cursaba, según creo, el último año de Primaria humillaba mi patriotismo haber de reconocer la superioridad de la escuelita pueblerina de Eagle Pass.

¿Sería posible que una escuela de aldea norteamericana fuera mejor que la anexa a un Instituto ufano de haber prohijado a Ignacio Ramírez, a Ignacio Altamirano?

La semana transcurría rápida, pero el domingo era nuestro día pesado. La mañana se dedicaba a la misa, pero la tarde se volvía un martirio.

Salíamos en grupo la abuela, mi madre, los chicos; nos sentábamos por las bancas de la alameda, húmeda o caminábamos por la calzada casi lúgubre, que a imitación de la Reforma, en México, se empezaba a ornamentar. 

Vía: México en fotos

Llegábamos hasta las ruinas de un templo que se quedó sin concluir; comprábamos los dulces de calabaza o de biznaga del dulcero ambulante y padecíamos la lentitud del atardecer vacío.

Población inhospitalaria, ni aldea ni metrópoli, pero con los defectos de ambas. Resultaban mucho más animados los paseos que comencé a dar por los campos anexos al Instituto.

En nuestro Instituto la rutina nos ponía soñolientos y escapábamos en grupos, nos dispersábamos por los llanos, nos escondíamos entre el maíz, ya crecido, cuando el prefecto, desde la torre del observatorio meteorológico.

La pradera toluqueña está surcada de acequias, zanjones de agua clara
y fría que se cubre de una lentejuela verde o dorada que engaña al neófito. Si el paso resbala o el salto resulta corto es fácil hundirse hasta el pecho en un agua que pica como alfileres.

Comíamos la caña del maíz tierno o nos íbamos rumbo al cementerio, a los puestos de fruta, en busca de jícamas y quesos de tuna, condumios de
cacahuate y tamales de capulín, naranjas y plátanos.

Vía: México en fotos

Desde cualquier sitio despejado se goza en Toluca el panorama del extinto «Nevado». Verdes pinos tipo oyamel visten la serranía circundante y suben por el cono quebrado hasta el límite de las arenas.

En seguida, sobre los riscos, se posan nieves perpetuas. Por un costado aparece la desgarradura del cráter extinto. En todo el valle, un soplo frío justifica el ademán del indio, embozado en su frazada…

De: José Vasconcelos, Ulises criollo, Ediciones Botas, México, 1937, p. 43-45.